CRONICAS DE UN MUNDO EN CONFLICTO
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El control de nuestras vidas, una cuestión recurrente en la historia del mundo


Noam Chomsky es profesor emérito de lingüística en el Instituto de Tecnología de Massachusetts y ha publicado numerosos libros sobre lingüística, la historia y la política global.Su empuje y su compromiso se deriva del ejercicio de la pasión, la intuición y el sentido de responsabilidad hacia los demás.

El contenido que publicamos corresponde a la conferencia que Chomsky dictó el 26 de febrero de 2000 en el Kiva Auditórium, Albuquerque, New México.

 No es una exageración decir que a los esfuerzos dedicados a controlar nuestras vidas son una cuestión recurrente en la historia del mundo, con especial énfasis en los últimos siglos, escenario de grandes cambios en las relaciones humanas y en el orden mundial. Esta cuestión es demasiado intensa para discutirla aquí en su totalidad, por lo que, en primer lugar sólo me centrare en las actuales manifestaciones de estos esfuerzos y en sus raíces, con un ojo puesto en lo que podría llegar. Lo haré desde una perspectiva global , sin duda el espacio en que estas cuestiones surgen.

Para empezar cabe hacer un comentario general: la soberanía no es un valor en sí misma. Es tan sólo un valor en la medida en que relaciona la libertad y los derechos, ya sea potenciándolos o debilitándolos. Me gustaría dar por sentado algo que puede parecer obvio, pero que de hecho es polémico.
 
Cuando hablamos de libertad y derechos, nos viene a la mente el concepto de seres humanos, esto es, personas de carne y hueso, no abstracciones políticas o construcciones legales como empresas, o estados, o capital. Si dichas entidades tienen algún derecho, lo cual es discutible, debe ser derivado de los derechos de la gente. Este es el núcleo de la doctrina liberal, y a ella se oponen los sectores más ricos y privilegiados, y esto es así tanto en el campo político como en socioeconómico.
 
En el campo de la política, el eslogan habitual es <<soberanía popular en un gobierno de, por y para el pueblo >>, pero el esquema de funcionamiento difiere bastante de eslogan, pues consiste en considerar al pueblo como un enemigo peligroso. Debe ser controlado, por su propio bien. Estas consideraciones se retrotraen a varios siglos, hasta las primeras revoluciones democráticas modernas, en el siglo XVII en Inglaterra y un siglo más tarde en las colonias norteamericanas
En ambos casos los demócratas fueron vencidos usando todos los medios, aunque no del todo ni para siempre. En el siglo XVII, en Inglaterra, gran parte de la población no quería ser dominada ni por el rey ni por el parlamento. Recordemos que son éstos los dos contendientes en la versión al uso de la guerra civil pero, como en la mayoría de guerras civiles una buena parte de la población no quería a ninguno de los dos. Tal como se leía en sus panfletos, querían ser gobernados "por gente del campo como nosotros, que conocen nuestras s necesidades", no por "caballeros y nobles qua nos imponen leyes, son elegidos por miedo, nos oprimen , y no conocen los males de la gente".
 
Estas mismas ideas animaron a los granjeros rebeldes de las colonias un siglo más tarde, Pero el sistema constitucional fue diseñado de modo bastante diferente. Fue construido Para bloquear tal herejía. El objetivo era “proteger a la minoría opulenta frente a la mayoría”, y alenta frente a la mayoría", y asegurarse de que “el país es gobernado por aquellos que lo poseen”. Estas son las palabras del líder granjero ]ames Madison, y del presidente del Congreso Continental y primer juez del Tribunal Supremo, John ]ay. Dicha concepción prevaleció, pero los conflictos continuaron. Han adoptado continuamente nuevas formas ,de hecho están abiertos, y a pesar de todo, la doctrina elitista continúa inamovida en lo esencial.
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Ya en el siglo XX, la población ha sido contemplada como "ignorante y maleducada, se mete en todo”, su papel es el de "espectadores", no de "participantes", excepto durante esas oportunidades periódicas en que hay que elegir entre los responsables del poder privado. Es lo que se ha dado en llamar elecciones. Durante las elecciones, la opinión pública es considerada esencialmente irrelevante si entra en conflicto con las demandas de la minoría opulenta que poseen el país.

Un ejemplo contundente, y hay muchos, tiene que ver con el orden económico internacional, con los llamados acuerdos comerciales. La población, en general, se opone sin paliati-vos a la mayor parte de estas cosas, tal como ponen claramente de manifiesto las encuestas, pero estas cuestiones no aparecen durante las elecciones. No aparecen porque los centros de poder, la minoría opulenta, permanece unida ante la defensa de la institucionalización de un particular orden socioeconómico. Así que estas cuestiones no aparecen. Lo que se discute no les preocupa en exceso.

Esto es muy normal, y toma sentido a partir de la asunción de que el papel del ciudadano, como ignorante y maleducado que se mete en todo, es simplemente el de espectador. Si la ciudadanía, como sucede a menudo, intenta organizarse y meterse en política para participar, para presionar a favor de sus preocupaciones, entonces hay un problema. Esto no es democracia, es "una crisis de la democracia" y hay que superarla.
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