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Notre-Dame de Paris, majestuosidad y excesos en la obra de Víctor Hugo


Cada discurso de Víctor Hugo comienza con una afirmación de Andrè Gide, escritor francés, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1947, al cuál cuando se le preguntó su opinión sobre el -tal vez- más grande poeta francés exclamó: "Hugo, helas" "Hugo, ay".

En ese mismo sentido otro estudioso Jean Cocteau en sus "obras Completas" cita expresamente: "Víctor Hugo era un loco que se creía de ser....Víctor Hugo".
Si tratamos de darle una explicación racional a ambas afirmaciones y al modo en el cuál podrìan ser aplicadas a Víctor Hugo podríamos interpretarlas en el sentido que el autor de Notre-Dame era un gran escritor no obstante sus numerosos defectos y su magnilocuencia y su excesiva retórica a veces insoportable.

La ironía de Cocteau se puede, así, entender mejor.En Víctor Hugo siempre prevalece el exceso en descubrir los acontecimientos y la indómita voluntad de verlos desde el punto de vista de Dios.

Este gusto por lomexcesivo lolleva a descripciones interminables, a crear personajes cuya psicología es siempre juzgada como insostenible y las pasiones llevadas a un nivel de paroxismo memorable, como si fueran una señal de fuerzas que intenta modificar la historia de los propios acontecimientos.

Esta voluntad de sustuirse a Dios le permite de ver siempre, desde todos los ángulos posibles, los eventos que rodean a sus protagonistas y a las grandes fuerzas que mueven la entera humanidad.

Si estas características de la obra de Víctor Hugo emergen en manera completa en algunas de sus obras como Los Miserables y Noventa y Tres son todavía más marcadas en Notre-Dame sobre todo porque en la época en que la escribía el novelista francés era todavía  joven y no había cumplido su ciclo ideológico que lo llevaría más tarde a una concepción revolucionaria de la historia.

Quiero decir que en Víctor Hugo se mueven normalmente las masas populares anónimas, las asambleas tumultuosas de los grandes de la historia y las grandes extensiones de territorios urbanos y rurales, epicentros de sus grandes dramas.
Es fácil advertir el pulular de la violencia y la descripción de extensas listas de nombres contados con feroz erudicción y determinación como si fueran los usuarios de una guía telefónica.

En Los Miserables o en Noventa y Tres esos nombres no son la simple suma de tantos individuos (personas o lugares) sino que se asemejan a un diseño fatal y providencial.
En Notre-Dame, en cambio, las multitudes son solamente multitudes como si ese pulular de insectos ignorara aún las leyes de la naturaleza que los llevará a transformarse en un alvear.

Notre-Dame tiene todos los defectos de Víctor Hugo todavía no transformados plenamente en virtudes.

Pero a este punto el lector podr preguntarse con toda justicia por qu entonces tiene tantos lectores. O por què Notre-Dame ha sido siempre una fuente inesaurible para el cine al cuál ha sido llevada cuatro veces: Notre-Dame de París en 1923 con Lon Chaney, El Jorobado de Notre-Dame en 1939 con Charles Laughton y Maureen O'Hara, Notre-Dame en 1956 con Gina Lollobrigida y Antony Quinn y el Jorobado de Notre-Dame de 1996 los celebrados dibujos animados de Disney.

Y podríamos seguir con infinitas adaptaciones televisivas, musicales y teatrales.

Esto significa que la historia del jorobado Quasimodo y de la hermosa Esmeralda ha continuado a seducir los ánimos de los lectores por más de 180 años.

Y que esta novela, célebre en el tiempo, nos ha entregado algunos personajes que se han transformado en verdaderos arquetipos como los protagonistas de las grandes fábulas, de los grandes mitos y de las verdaderas obras de arte de la épica antigua y de la narrativa moderna.
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