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CRONICAS DE UN MUNDO EN CONFLICTO
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La falta de Ideales elevados para acompañar la apelación a la violencia no es una novedad.

Es bueno recordar que dondequiera que miremos rara vez faltan ideales elevados que acompañan la apelación a la violencia.

Las palabras que acompañan la “tradición wilsoniana” nos pueden inspirar en su nobleza, pero deben examinarse también a la luz de la práctica, no sólo de la retórica.

Por ejemplo, el llamado de Wilson a la conquista de Filipinas, mencionado atrás; o, como presidente, sus intervenciones en Haití y República Dominicana, que dejaron en ruinas a ambos países; o lo que Walter LaFeber llama el “corolario de Wilson” a la doctrina Monroe, que proclamaba que “únicamente los intereses petroleros de Estados Unidos reciben concesiones” dentro del ámbito de su poderío.

Los peores tiranos.

Lo mismo pasa con los peores tiranos. En 1990 Saddam Hussein advirtió a Kuwait sobre posibles represalias por acciones que perjudicaban la golpeada economía iraquí, después de que Iraq protegiera a Kuwait durante la guerra con Irán. Pero aseguró al mundo que no quería “conflictos permanentes sino paz permanente (…) y una vida digna”.

En 1938, Sumner Welles, consejero cercano del presidente Roosevelt, alabó el acuerdo de Munich con los nazis, creyendo que podría llevar a un “nuevo orden mundial fundado en la justicia y en la ley”.

Poco después estos impulsaban el proyecto con la ocupación de partes de Checoslovaquia, mientras Hitler explicaba cómo estaban “colmados del sincero deseo de servir a los verdaderos intereses de los pueblos que habitan en el área, salvaguardar la idiosincrasia nacional de los pueblos alemán y checoslovaco y promover la paz y el bienestar de todos”.

El interés de Mussolini por las “poblaciones liberadas” de Etiopía no era menos fervoroso.

Lo mismo pasaba con los objetivos de Japón en Manchuria y el norte de China y con sus sacrificios en la creación de un “paraíso terrenal” para esos sufridos pueblos y en la defensa de sus gobiernos legítimos de los “bandidos” comunistas.

Nada más conmovedor que la “sublime responsabilidad “japonesa de fundar un “Nuevo Orden” en 1938 para “asegurar la estabilidad permanente de Asia Oriental” basada en la “ayuda mutua” de Japón, Manchuria y China en “los campos político, económico y cultural”, en “la defensa conjunta contra el comunismo” y en el progreso cultural, económico y social.

La excusa de las intervenciones humanitarias.

Terminada la guerra se volvió rutinario declarar cualquier intervención como “humanitaria” o de legítima defensa y por lo tanto ajustada a la Carta de la O N U .

Sirva de ejemplo la sangrienta invasión de Rusia a Hungría en 1956, justificada por los juristas rusos en razón de haber sido efectuada por invitación del gobierno húngaro como “respuesta defensiva a la financiación foránea de actividades subversivas y grupos armados en Hungría con el fin de derrocar el gobierno elegido democráticamente”.

O, con similar plausibilidad, el ataque de Estados Unidos a Vietnam del Sur unos años después, emprendido en “defensa propia colectiva” contra la “agresión interna” de los sudvietnamitas y su “ataque desde el interior” (Adlai Stevenson y John F. Kennedy, respectivamente).

Fuente.

No hay por qué suponer que estas aserciones sean hipócritas, por grotescas que luzcan. Uno encuentra con frecuencia la misma retórica en documentos internos, donde no hay razón aparente para disimular.

Por ejemplo, el argumento de los diplomáticos de Stalin de que “para crear democracias reales hay que presionar un poco desde fuera (…). No vacilaremos en usar esta clase de ‘intervención en los asuntos internos’ de otros países (…) puesto que un gobierno democrático es una de las principales garantías de la paz duradera*.
 

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