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CRONICAS DE UN MUNDO EN CONFLICTO
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Hildegarda de Bingen y las monjas sabias, sabiduría, valor y talento.

Las mujeres deben permanecer calladas en las iglesias, pues no les corresponde a ellas hablar, sino vivir sometidas, como dice la Ley.

SAN PABLO
¡Oh, figura femenina, cuán gloriosa eres!

¿Quién es esa mujer que, desde dentro de la Iglesia y en pleno siglo X se atreve a lanzar semejante grito a favor de las mujeres —«¡Oh feminea forma, quam gloriosa es!»— frente al tradicional desprecio hacia lo femenino que imperaba en la cristiandad europea? De creerla a ella misma, se trata tan sólo de una «miserable mujer», a la que Dios ha elegido para revelar su Palabra.

Pero si seguimos de cerca su vida y su obra, se nos muestra, sin embargo, como una persona culta, fuerte y rebelde, capaz de sobreponerse a todos los prejuicios de su tiempo y de llegar a convertirse, con la única energía de su voluntad y su talento, en consejera de papas y emperadores, fundadora de monasterios, autora de libros visionarios y tratados científicos, médica y compositora de espléndidas piezas musicales. Una mujer sin duda alguna extraordinaria, cuya sabiduría, valor y talento sobrepasan de lejos los límites impuestos por la costumbre a su condición femenina.

Hildegarda había nacido en 1098 en la aldea de Bemersheim, en el Palatinado, décima y última hija de una familia noble. El Palatinado, una región situada al oeste de la actual Alemania, formaba parte por aquel entonces del Sacro Imperio Romano Germánico, que había heredado los sueños unitarios de Carlomagno.

El título imperial lo ostentaba en esos años Enrique IV, que a duras penas lograba mantener su poder sobre los numerosos señores feudales propietarios de gran parte del territorio y siempre reticentes a dejarse dominar.

Pero la tensión política a la que vivía sometido el emperador tenía además otro de sus ejes en el papado, empeñado en extender y consolidar su dominio supuestamente espiritual sobre Europa a través de los nombramientos de los dignatarios eclesiásticos, privilegio empecinadamente disputado por los príncipes cristianos. Tres años antes del nacimiento de Hildegarda, en 1095, el papa Urbano II acababa de poner en marcha la Primera Cruzada para la reconquista de los Santos Lugares, que habían caído en manos musulmanas en el siglo VII. A decir verdad, semejante tarea no parecía en aquel momento un objetivo imprescindible de la cristiandad: a pesar de haber expulsado al Imperio bizantino de la región, los árabes se habían mostrado hasta entonces lo suficientemente tolerantes como para permitir el acceso pacífico de los peregrinos cristianos que lo desearan a las tierras bíblicas.

Pero una nueva amenaza empezaba a cernirse sobre Occidente, la de los turcos selúcidas que, convertidos a su vez al Islam, habían invadido a lo largo del siglo X Asia Menor, Armenia y Siria —zonas de intensa y antigua tradición cristiana—, y parecían dispuestos a continuar con firmeza su paseo militar ahora que habían logrado llegar a las puertas europeas del cada vez más menguado Imperio bizantino1. Para los jefes cruzados, aquella guerra santa era pues sobre todas las cosas una llamada de atención al impulso conquistador turco. Para el papa Urbano II, una manera de imponer su influencia, y por lo tanto, la de la Iglesia de Roma.

Para los participantes, una posibilidad de ganar las indulgencias prometidas por el pontífice, pero también de buscar fortuna y de dar salida a un afán belicista que imperaba por todas partes: eran tiempos agitados y violentos, llenos de sueños de pretendidas heroicidades, de tremendas exaltaciones de la fe y de una imparable energía de expansión en todos los sentidos. El llamamiento de Urbano II obtuvo un éxito más allá de todo lo previsible: además de los ejércitos regulares —mandados fundamentalmente por nobles franceses—, verdaderas muchedumbres de desheredados y fanáticos, mal armados y peor aprovisionados, se lanzaron hacia Oriente, cometiendo toda clase de excesos a su paso y pereciendo también a miles tanto durante el largo camino como al llegar a Asia Menor, donde fueron arrasados por los turcos.

Estos sucesos se repetirían más veces a lo largo de las cruzadas, que duraron hasta finales del siglo XIII. Quizá de todas las historias de harapientos que trataron de participar en la conquista de los Santos Lugares la más triste sea la llamada «cruzada de los niños», que en 1210 movilizó en Francia y Alemania a miles de críos, agitados por algunos visionarios.

Los que lograron sobrevivir al durísimo viaje fueron finalmente vendidos como esclavos en Egipto por mercaderes marselleses.
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