CRONICAS DE UN MUNDO EN CONFLICTO
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El control del común de la población ha sido siempre una de las preocupaciones dominantes del privilegio y el poder


A comienzos de esta década, los estudios mostraban que el miedo a Estados Unidos había trepado a notables alturas en todo el mundo, junto con la desconfianza hacia su dirigencia política.

El desconocimiento de los derechos y necesidades humanos más elementales iba a la par con una exhibición de desprecio por la democracia sin paralelo alguno que venga a la cabeza, todo esto acompañado de manifestaciones de sincero compromiso con los derechos humanos y la democracia.

Los presentes acontecimientos deberían perturbar hondamente a quienes se preocupan por el mundo que dejarán a sus nietos. 
Si bien los estrategas de Trump están del lado extremo del espectro de las políticas tradicionales de Estados Unidos, sus programas y doctrinas tienen muchos precursores, tanto en la historia norteamericana como en la de anteriores aspirantes al poder mundial. Para colmo de males, sus decisiones bien pueden no ser irracionales dentro del marco de la ideología dominante y las instituciones que la encarnan. Abundan los antecedentes históricos de líderes dispuestos a amenazar con la violencia o recurrir a ella ante un significativo riesgo de catástrofe. Pero lo que ahora está en juego es mucho más. La opción entre hegemonía y supervivencia rara vez, si acaso, se ha planteado de manera tan álgida.
 
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Tratemos de desenredar algunos de los muchos hilos que componen este tapiz complejo, enfocando la atención en la potencia mundial que declara su hegemonía mundial. Sus acciones y las doctrinas que las guían deben ser una preocupación fundamental de todos los habitantes del planeta y particularmente, por supuesto, de los estadounidenses. Muchos de ellos disfrutan de ventajas y libertades poco comunes (de allí su habilidad para trazar el futuro) y deberían enfrentar con cuidado las responsabilidades que se desprenden como corolario inmediato de este privilegio.
 
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Quienes deseen asumir sus responsabilidades mediante un compromiso genuino con la democracia y la libertad -y hasta con una supervivencia aceptable- tendrán que distinguir las barreras que les cierran el paso. Estas no se ocultan en los Estados más violentos. En las sociedades más democráticas las barreras son más sutiles. Si bien los métodos difieren pronunciadamente desde las sociedades más brutales a las más libres, los objetivos son, de muchas maneras, similares: asegurarse de que la "gran bestia", como Alexander Hamilton llamaba al pueblo, no traspase los límites debidos.
 
El control del común de la población ha sido siempre una de las preocupaciones dominantes del privilegio y el poder, especialmente desde la primera revolución democrática moderna en la Inglaterra del siglo xvii. Los autodenominados "hombres de primera calidad" miraban consternados cómo una "aturdida multitud de bestias con figura de hombre" repudiaba la estructura básica del conflicto civil que se libraba en Inglaterra entre la corona y el parlamento y exigía un gobierno "de compatriotas iguales a nosotros, que conozcan nuestras necesidades" y no de "caballeros y señores que nos dictan leyes, elegidos por temor y que únicamente nos oprimen y desconocen las aflicciones del pueblo".

Así las cosas, los hombres de primera calidad declaraban que, puesto que el pueblo es tan "depravado y corrupto" como para "conferir posiciones de poder y responsabilidad a hombres indignos y malvados, renuncia a su poder a este respecto y lo cede a los buenos, así estos sean pocos". Casi tres siglos después, el "idealismo wilsoniano", como suele llamársele, adoptó una actitud bastante parecida: en el exterior, la responsabilidad de Washington es ver que el gobierno esté en manos de "los buenos, así estos sean pocos"; en casa, es necesario resguardar un sistema de toma de decisiones por las élites y ratificación por el público -"poliarquía", en el léxico de la ciencia política-, en vez de una democracia
 
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